Sebastiana Povedano veía que el día de Navidad se aproximaba y su embarazo estaba a punto de llegar a su fin. Se encontraba pesada y torpe, su talle garboso y envidiado por tantas mujeres del pueblo había cambiado. Pero no le importaba, sabía que en sus entrañas llevaba una joya que valía mucho más que una bella apariencia: un hijo.
El día de diciembre era soleado y de un azul que tan sólo es posible apreciar en esta zona de Andalucía. Sebastiana aprovechó la ausencia de su marido, que debería estar en la taberna jugando a las cartas, para tomar el dulce sol en una recacha, junto a la deshojada higuera.
Entornó los ojos y sintió en su rostro la calidez de los rayos de sol. Se durmió durante un tiempo que pudo ser eterno, o simplemente un instante. Un sobrecogimiento extraño la despertó, era un dolor en las entrañas. Sebastiana estaba de parto, era el día 23 de diciembre de 1.842
Iba a nacer en Churriana de la Vega uno de los mayores genios del arte torero del siglo XIX: Salvador Sánchez Povedano, " Frascuelo". Pero la fortuna del muchacho no iba a ser muy favorable en aquellos primeros años de su vida. Su padre, un antiguo militar retirado, poseía una buena situación económica en el pueblo, pero su incontinente y desmesurada afición por el juego, redujo sus medios de existencia.
La familia comenzó a padecer las secuelas del cabeza de familia, la pensión no llegaba a final de mes, en muchas ocasiones alguna partida perdida ocasionaba un deterioro íntegro en la economía familiar. A Sebastiana comenzaron a tener que "fiarle" las compras, las deudas aumentaban día tras día. Tantas llegaron a tener, por el mal juicio del Sr. Sánchez, que tuvieron que abandonar el pueblo e irse a buscar un nuevo hogar lejos de su tierra.
Vivieron en aquellos primeros años de emigración en Toledo y Zaragoza, donde el padre falleció. La familia Sánchez quedaba desprovista de todo recurso económico, pero no desamparada, pues en ella había una mujer de raza, una mujer de Andalucía, una mujer de Churriana de la Vega. Sebastiana se recuperó rápidamente de la pérdida, y se traslada a Madrid con sus hijos, Salvador y el pequeño Francisco. Tiene que darles de comer y cualquier trabajo es digno, por lo que comienza a vender a domicilio arena y greda.
Son unos años duros, y hace falta que entre más dinero en el hogar, son muchos los gastos, los hijos han de ayudar en el sustento del hogar. Salvador se coloca de peón en las obras del ferrocarril, trabajo duro y que no le agrada; por lo que busca rápidamente otro que le sea más agradable, hallando el de empapelador de viviendas. Pero para Salvador esta vida carece de aliciente, Madrid era algo más que empapelar viviendas y llevar dinero al hogar para sobrevivir.
La capital de España para el joven Salvador se mostraba como una incitación al lujo y al placer. Al mozo le gustaba vestir lujosamente de majo y, sobre todo, aparentar. El toreo se le ofreció como el único camino para poder expandirse en la conquista del modo de vivir que ambicionaba. Fue ese ansia de mejora el móvil que lo condujo al toreo; y no el entusiasmo, ni la vocación.
Tras varias capeas y novilladas entre 1.860 y 1862, viste por primera vez el traje de luces en una corrida en Madrid, en donde aparece como banderillero en la cuadrilla del torero Manuel Cano "El Hurón".
Desde ese día su vida fue íntegra para el toro; toreaba en cualquier acto que se organizaba, igual ponía un par de banderillas en una corrida trascendental, que actuaba como bufón en cualquier mojiganga de las que entonces se organizaban para entretener al público corriente. De estos espectáculos dicharacheros le viene el apodo "Frascuelo".
Pero es en 1.865, en una corrida de Carnaval, cuando figura por primera vez su nombre en un cartel como banderillero, experto en poner la suerte del quiebro desde una silla. En 1.866 Frascuelo actúa prácticamente como banderillero, matador de novillos o sobresaliente en las corridas de los maestros.
Un año más tarde, el 27 de Octubre, se celebra una corrida en Madrid a beneficio del Real Hospital de Nuestra Señora de Atocha; es en este día cuando Frascuelo recibirá la alternativa de manos de un matador inolvidable y legendario, Curro Cúchares.
Los años que vinieron a continuación de la alternativa fueron afinando poco a poco el arte y el modo de torear de Salvador. Frascuelo no era un magnífico torero con el capote, ni con la muleta, sino que su toreo se cimentaba en la valentía, la fuerza y los recursos físicos inmejorables que poseía.
Era todo un espectáculo el poder verle poner un par de banderillas, acercándose lentamente hacia el toro, en esos momentos el silencio se podía sentir en el ruedo, los aficionados apenas si respiraban. Y cuando menos lo esperabas, una corta carrera, y el par de banderillas colocadas en el lugar conveniente del toro.
Por aquellos años Frascuelo toreó en Granada en la feria del Corpus, sería el espaldarazo definitivo para su carrera; además, nacería en esta feria la rivalidad más colosal entre dos toreros andaluces, Lagartijo y Frascuelo. El primero, el artista sobrado de recursos y arte académico; el segundo, la fuerza, el valor y el carisma del matador capaz de poner un buen par de banderillas, así como ser capaz de realizar el salto de trascuerdo y garrocha.
Había nacido en Granada la contienda más recordada y partidista de la época. Frascuelo toreó algo mas de veintitrés años de su vida, fueron años colmados de éxitos y algún que otro fracaso, en los que mató cerca de cuatro mil toros y tuvo más de veinte cogidas de importancia.
Fue un torero físicamente fuerte y musculoso, con un vigor físico incomparable, pocas figuras del toreo habrán pisado una plaza con una personalidad tan causada y un valor evidenciado. Pero Frascuelo era sobre todo un torero impávido, con un valor instintivo, que hacía que al público en ocasiones se le helara la sangre y se inmovilizaran en los tendidos, con los corazones a punto de saltar.
En 1.876 Frascuelo fue contratado, juntamente con "El Gordito", para torear tres corridas de feria en Valencia. En la primera de las corridas fue herido "El Gordito", por lo que tuvo que terminar él sólo con el total de los toros. Los representantes de la plaza le pidieron opinión para contratar un espada para las dos corridas siguientes. Y por única contestación dijo: "Si el público de Valencia está conforme en que mate yo sólo, no necesito a nadie".
Fue de este modo y en tres días seguidos, como Frascuelo toreó y mató a veinticuatro toros de una forma admirable. Esta impetuosidad de su carácter es el principal factor de sus triunfos. En ocasiones tropezaba con la suerte y el escándalo se provocaba, pero la gran mayoría sucedía lo opuesto y el público le entregaba sin reservas al entusiasmo.
Las condiciones físicas de Salvador se van deteriorando, los años de trasiego ha dejado una profunda huella en el matador. Las piernas no le responden y advierte que el momento de la retirada ha llegado. Son cuarenta y ocho los años con los que el torero cuenta y la mitad de ellos los ha pasado en los ruedos.
Es el año 1.890, tiempo de apartarse definitivamente del mundo que le dio todo lo que poseía y había ambicionado. Se retira a vivir apaciblemente a Torrelodones, pueblo cercano a Madrid, rodeado de su familia. Allí abre un comercio de ultramarinos que conduce con la soltura que siempre le caracterizó.
A principios de marzo de 1.898 se traslada a Madrid, para visitar a una de sus hijas, con la mala fortuna de sobrevenirle una pulmonía. De nuevo ha de torear, pero esta vez con un toro implacable, que al final no logrará lidiar: la muerte.